Vocación

Anselmo se convirtió en el primer niño capaz de extraer algo sensato de aquel viejo teclado que yacía, muerto de risa, en un rinconcito de la sala de juegos. Tras muchos meses mirándolo con temor, una tarde en que llegó el primero, se acercó. Y lo tocó. Pulsó una tecla, digirió su asombro y luego, más confiado, pulsó otra. El efecto le sobrecogió. Nadie pudo verlo, pero su cara se iluminó con una sonrisa que le empujó a tocar más y más hasta que advirtió la llegada inmediata de su pandilla. Casi avergonzado, ocultando todas las pruebas de su osadía, se bajó de la banqueta de un salto –tan pequeño era Anselmo- y se puso a hacer que jugaba, como si llevara ya un rato esperando.
Ninguno de los otros niños notó nada extraño a pesar de que el corazón de Anselmo se revolvía inquieto dentro de su pecho infantil, al ritmo de una música desconocida que su sangre, todavía alterada, iba improvisando. Cuando empezó a anochecer Anselmo corrió, voló, a casa, impaciente por encontrarse a solas con sus pensamientos. Cenó a toda velocidad y después de balbucear una excusa se metió en su cuarto, se tumbó encima de las sábanas de animales que tanto le gustaban y allí, muy concentrado, con los ojos cerrados, se tocó con los pulgares las puntas de los dedos durante horas.
Por la mañana, cuando se levantó con unas notables ojeras, ya había tomado la decisión. Se la comunicó muy ceremonioso a sus padres, que escucharon atentos antes de dejar escapar una sonrisa abierta. El nuevo rumbo que Anselmo había tomado en su vida les parecía algo fantástico, pero, le informaron, sus deseos no podrían hacerse realidad hasta que llegara el mes de septiembre, en el que empezaba el nuevo curso.
Anselmo pasó julio y agosto del mismo modo que la tarde en que descubrió su vocación. Entraba a la sala en cuanto veía que abrían la puerta y allí, hasta que llegaban todos sus compañeros, ejercitaba sus dedos sobre el teclado. A pesar del sonido metálico, sus oídos percibían exquisitas sonatas. Para cuando el verano tocaba a su fin, Anselmo había adquirido cierta destreza, más interesante, si cabe, teniendo en cuenta que nadie le había dado nunca una clase o que jamás había visto a nadie practicando. Se trataba, pues, de un caso de verdadera habilidad natural.
Llegó septiembre y los padres de Anselmo lo enviaron dos tardes por semana a la única academia que había en la pequeña capital donde podían hacer realidad sus sueños. Las buenas cualidades del crío y los atentos consejos de sus profesores fueron dando frutos y para el final del primer trimestre se podía decir que Anselmo era, con mucho, el alumno más aventajado de una clase en la que era el menor entre los alumnos.
Sólo una sombra empañaba la tremenda felicidad de Anselmo. Sus amigos, intrigados con su súbita desaparición, no paraban de preguntarle y él, avergonzado, aunque sin saber muy bien por qué, no dejaba de dar largas. La sexta vez que confesó haber ido al médico empezaron a apartarse de él por miedo al contagio de alguna terrible enfermedad. No le quedó más remedio que inventar otra mentira para desmentir esa supuesta enfermedad y otra más para las siguientes huidas clandestinas a la capital. Entre tanto, su pericia seguía creciendo.
Anselmo decidió, un domingo en que se sentía especialmente orgulloso por el desarrollo de las clases de la semana, reunir a sus amigos en la sala de juegos y mostrarles la auténtica razón de sus continuas desapariciones. Les pidió que estuvieran todos puntuales a las once. Encontraron a Anselmo, con el traje de los días festivos, muy serio, que les pidió que tomaran asiento. Él hizo lo propio en la banqueta a la que se subió de un salto. Cuando el silencio se apoderó de la habitación deslizó sus dedos por el teclado dejando a sus amigos boquiabiertos. Las manos de Anselmo flotaban y sin que apenas pasara tiempo, había terminado, en presencia de sus más queridos amigos, su primera obra.
Minutos después, todos, con la boca aún abierta, aplaudieron y abrazaron a Anselmo, encantados con el cuento que en menos de cinco minutos había sacado de la vieja máquina de escribir que nadie, nunca, había tocado. Les contó, por fin, toda la verdad. Les contó como aquella primera vez que la tocó decidió que quería ser escritor y que para eso, en los tiempos que corrían, había que aprender a escribir a máquina. Por eso fue a la capital tantas tardes, a una escuela de mecanografía en la que le enseñaron a plasmar con sus dedos lo que su cabeza, inquieta a todas horas, no paraba de imaginar.

Juan Pelegrin