UN AMOR SOBRE EL PAPEL

Matilde trabajaba felizmente como guionista para una serie de televisión. Desde que fichó por ella, su vida se había vuelto más agradable. Los otros seis escritores y Matilde se juntaban todos los días –menos los domingos- en una casita monísima con vistas a la sierra. La productora la puso a su disposición y la dotó con todas las comodidades para que los dos capítulos semanales que necesitaban salieran con la mejor cara. Se respiraba un ambiente extraordinario de camaradería y amistad que compartían escribiendo, en la piscina, en el jacuzzi o en el gimnasio de la casa.
Matilde, aparte de disfrutar de estos lujos, trabajaba largas horas sin descansar. De hecho, le resultaba un placer. Según avanzaba la trama tendió a centrarse en uno de los personajes de la serie, Emilio, con quien, como si se tratara de un compañero más, iba naciendo una buena amistad.
Esa amistad se volvió exigente. Matilde, al principio con disimulo y luego sin tapujos, se apropió de Emilio. Sólo ella podía escribirle las frases y no permitía a nadie que lo tocara. Por el plan de rodaje, Emilio debía tener un tórrido romance con Andrea; Matilde no lo permitió. Se cerró a razones y dibujó para Emilio un futuro célibe, alejado de toda relación sentimental. Matilde se había enamorado locamente de Emilio.
Los otros guionistas, inquietos, comentaron el caso a la productora y esta decidió despedir a Matilde. Ella, sin sentir el menor despecho, lo entendió. La insoportable sosería en la que había sumido a Emilio hizo que a la vez decidieran eliminar a su personaje de la serie. Como regalo, en atención a sus padecimientos y su labor intachable, decidieron que fuera ella quien escribiera su final antes de irse. Matilde, que no quería nada malo para él, en lugar de despeñarlo por un barranco le mandó en clase business a un destino exótico. Después de despedirse de sus compañeros corrió a Barajas y se subió en el primer avión que volaba tras él.


Juan Pelegrín