POR UN MUNDIAL


Ernesto, desde chico, se convirtió en un fidelísimo seguidor de la Selección Española de Fútbol. Cada cuatro años se celebra el mundial y con idéntica periodicidad España llega a la cita con el mejor equipo de la historia. Cada cuatro años, la selección se vuelve a casa sin copa y hasta sin honor. Ernesto sufre muchísimo con estos varapalos, pero el último ha sido el mayor. No lo soporta más.
Ernesto, que es un clásico, comprendió que a la fuerza divina que se oponía al triunfo patrio, sólo podía contraatacársela con una fuerza de igual poder y signo contrario. Ernesto, el agitado hincha inasequible a la derrota, vendió su alma al diablo. Como Fausto, lo hizo por amor.
Se empapó de la abundante bibliografía autorizada sobre tratos con el maligno hasta que se consideró preparado. Cuando llegó el día, se fue a las puertas del estadio de su ciudad en una noche de luna nueva, siguió las instrucciones del maestro satánico que más le había convencido y esperó. A los pocos minutos el hedor se hizo insoportable. Allí donde Ernesto, con la bufanda de la selección, esperaba sentado, olía a cuerno quemado, a perro muerto y a azufre en ebullición, todo a la vez. El conjuro había funcionado; Satanás estaba al caer.
El demonio se presentó ante sus atufadas narices. Ernesto, avisado por los libros, llevaba tiempo preparado para el momento y por eso no quedó muy impresionado con su aspecto que, por otro lado, no se distinguía mucho del de un hombre absolutamente normal. Este demonio, conocedor del objeto del trato, hasta se había colocado el escudo de un conocido equipo de fútbol en la solapa de su americana de cuadros.
No le gustaba a Su Majestad Infernal perder el tiempo, así que ofreció enseguida a Ernesto las condiciones: “España será campeona del mundo en 2006 y tú me cederás tu alma. Cuando yo haya cumplido mi parte del acuerdo, te haré saber cual es la tuya”. Ernesto, temblando de emoción desde que oyó ese verso tan hermoso, “campeona del mundo en el 2006”, aceptó sin titubear. Le extrañó que el contrato no se sellara con sangre, sino que ambas partes estamparon su rúbrica con un simple bolígrafo. “Queda poco heroico esto”, pensó, antes de irse a casa, ligeramente inquieto por un pequeño vacío que sentía y muy contento porque en poco más de un año se cumpliría su sueño.
Llegó el mundial. España se plantó en la final y Ernesto, como culminación del plan, acudió con la entrada que reservó la noche siguiente a la venta de su alma. La selección conquistó el título con gran facilidad. Todos lo festejaron felices y Ernesto, que se sabía el auténtico artífice del éxito, mucho más. Después de la vuelta de honor volvió al aeropuerto; su vuelo salía en pocas horas.
Mientras esperaba, sintió la necesidad de ir al servicio y allí, con la bragueta bajada, se le apareció el comprador de su alma. Sin mucha ceremonia, informó a Ernesto del infierno en el que se convertiría su vida: “En pago por el trabajito te condeno a que vivas doscientos años en los que España nunca volverá a pasar de la primera ronda de un Mundial”. Ernesto, tras un primer momento de sorpresa, reaccionó bien. Para sus adentros, se dijo: “bueno, sabiendo la razón, no me importa. Me cambio de equipo, y listo”. El diablo no le dijo a Ernesto que en cuanto se subiera la cremallera olvidaría por completo la conversación; sólo él sabe los dos siglos que le quedan por pasar a este furibundo seguidor del combinado español.

Juan Pelegrin