Otras vidas

Se nos va la vida tratando de alcanzar una que no es la nuestra, la que no han hecho para nosotros. Armando decidió hace ya tiempo que no merece la pena tanto sufrimiento y se dedicó, a su manera, vivir la de otros, a ver si encontraba una que le gustara.
Armando sólo apreciaba de su existencia las horas dedicadas al sueño. No era mucho, la verdad; es un tiempo del que no somos conscientes más que cuando caemos en el dulce sopor que antecede al sueño profundo o al levantarnos descansados por la mañana en un día de fiesta. El sueño, en estos tiempos, representa casi una huída más que un auténtico deleite. Dormidos, no pensamos. Armando, en cuanto podía, cerraba los ojos y dormitaba. Si no lo conseguía, renunciaba a ser él mismo.
En el metro que cada día lo llevaba al trabajo leía siempre el periódico del vecino; así se ahorraba la molestia de elegir el que tenía que comprar o a cuál de los repartidores de diarios gratuitos atender. La afición de los viajeros a la lectura lo llevó a leer por encima del hombro algunos cientos de libros en sus viajes subterráneos. Era raro que pudiera terminar un libro entre las estaciones de Lacoma y Cartagena, así que llevaba años sin acabar uno. Este aspecto de su vida prestada tenía mucho en común con la real.
No le dedicaba mucha atención a la ropa, pero a veces se daba cuenta de que necesitaba renovar un poco su armario. En esas ocasiones, se acercaba a cualquier tienda del centro y compraba lo mismo que eligiera el cliente que le cayera más cerca. Tenía cuidado, por supuesto, de escoger las prendas de su talla.
Siguiendo con este esquema que había adoptado, le cogió afición también a las mujeres de los otros. Casi sin darse cuenta, Armando empezó a esmerarse en la conquista de las esposas que tenía a mano. A pesar de no ser muy sociable, sus compañeros, de tarde en tarde, lo invitaban a cenas o fiestas. Como no resultaba feo, consiguió algún éxito que lo animó a continuar por ese sinuoso camino. Más de una vez estuvo a punto de vivir la ridícula experiencia de salir a la cornisa en calzoncillos, pero si otros ya se habían molestado en escoger pareja por él, no iba a desperdiciarlo.
Armando siguió el camino lógico en su situación. Los libros de otros, la ropa de otros, las mujeres de otros... ¿Por qué no averiguar la textura del dinero de otros?. De inmediato se puso a trabajar con ahínco. Primero pequeños hurtos, con un poco de práctica delitos de estafa informática. Meses después, Armando entró en el negocio inmobiliario mientras seguía escenificando, cada vez a mayor escala, todas sus costumbres adquiridas.
Llegó el día en que esta vida empezó a agotarlo. Mantenerla requería demasiado trabajo y mucha concentración. Una tarde, derrengado, se tumbó en el sofá del lujoso ático que sus asesores habían comprado y amueblado por él. Encendió por primera vez la pantalla gigante de plasma que le instalaron y apareció con nitidez absoluta, contraste de alta definición y sonido envolvente su solución. Durante horas vio pasar gente que contaba su vida sin pudor alguno, que se la prestaba a los demás. Lo que más le gustó fueron unos programas en los que algunas personas vivían de verdad en un plató las veinticuatro horas del día, regalando así todas sus experiencias. Armando, emocionado, mando que le trajeran una televisión aún más grande y un sofá con menos diseño y un poco más mullido. Había descubierto, tras tanto sacrificio, la vida que en verdad quería vivir.

 

Juan Pelegrin