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Si existe en el mundo un ejemplo de buen consumidor ese es el de Remedios, que sigue con devoción los consejos de los anuncios que aparecen por televisión. Todos le gustan y a todos atiende, pero los que protagoniza Olga Barros, que de un tiempo a esta parte son muchos, no puede ignorarlos. Producto que Olga Barros promociona, producto que Remedios compra.

Olga pasó de famosa a anunciante con un spot de medias irrompibles que, decía el anuncio, hacían piernas de artista. Remedios las compró y le salieron tan buenas que adquirió cierta fe en la famosa. Su siguiente colaboración la llevó a predicar las excelencias de una marca de pasta italiana que acababa de implantarse en los supermercados españoles. Remedios, con su recién adquirida confianza, compró todo el surtido, comprobó sus bondades y ya nunca más cambió de pasta. En casa engordaron un poco por el exceso de hidratos de carbono, pero estaba todo tan rico.

Olga ascendió algunos peldaños y pasó a un sector de más peso en el mercado: los seguros. Remedios no pudo evitar caer en la tentación. A los dos días de ver como su favorita anunciaba desde el banco de un parque soleado la nueva póliza de una gran multinacional se dejó caer por una de sus oficinas; contrató con alegría y optimismo un seguro múltiple que le costó un riñón. Después tuvo que ampliar varias veces la póliza porque Olga Barrios siguió vendiendo productos de mayor valor. Coches, apartamentos, viajes y, afortunadamente, también el banco que ofrecía al mejor interés los préstamos para poder financiar todas las compras. Remedios y su familia, hay que reconocerlo, anduvieron un tanto apretados después de firmar la hipoteca de su tercera casa.

Las cosas empezaron a ir un poco peor. Los tipos de interés subieron, los sueldos no y el chico de Remedios, que ayudaba con sus trabajos a la mermada economía familiar, se quedó en la calle y sin novia, aunque esto segundo no interesa a esta historia. Remedios, confiada consumidora hasta entonces, empezaba a ver muestras sutiles de que no todo lo que se decía en los anuncios era verdad. Sin ir más lejos, aunque el banco les prometió que nunca tendrían problemas para pagar su mensualidad, tuvieron que malvender el apartamentito de la playa que ni siquiera llegaron a amueblar.

Remedios se hundió cuando leyó en una entrevista que Olga Barios poco menos que despreciaba a la gente que seguía fielmente los dictados de la publicidad y confesaba, harta de dinero, que le parecía increíble que alguien pudiera comprar las tonterías que ella había llegado a anunciar. Se acordaba, por ejemplo, de unas medias horrorosas con las que se dio a conocer. Sólo con verlas le salían granos por todas las piernas, confesaba.

A Remedios le entró un tremebundo ataque de furia que se sintió en todo el vecindario. Como en “Lo que el viento se llevó”, emitió un rotundo juramento en cuyo cumplimiento se puso a trabajar de inmediato. En un tiempo récord terminó la carrera de Gestión de Empresas; con voluntad de hierro y esfuerzos ímprobos logró hacerse con el mando de la fábrica que tejía aquellas medias. Elevó sus beneficios de forma milagrosa y cuando consideró que había llegado el momento llamó a Olga, ya madurita, con una oferta que no pudo rechazar. A cambio, la estrella tuvo que volver a anunciar las espantosas medias, sólo que esta vez, tuvo que lucirlas en todos los programas de televisión. Las ventas no subieron ni un euro, pero Remedios quiso comprobar si era verdad aquello de los granos en las piernas. Olga Barrios exigió durante la campaña los servicios de un dermatólogo. Remedios se negó; nada de eso se había firmado en el contrato.