Bárbara

Bárbara. Su nombre evocaba pasarelas, perfumes y joyas caras. Bárbara, con su porte impecable, su mentón alto y su mirada gélida, dominaba desde su estrado a todos los que un día se cruzaron en su andar majestuoso y pausado. No existe en el mundo una calle de lujo que sus tacones afilados no hayan pisado. La planta superior de su chalet se encuentra ocupada por el vestidor. Esos 550 metros cuadrados se aproximan a lo que debería ser un museo de la moda.
Hombres; seres insignificantes en el diccionario de Bárbara. Los tiene a todos rendidos a sus pies siempre bien calzados. Los más importantes varones de la alta sociedad han tratado de cortejarla. Miembros de añejas casas reales han estado dispuestos a abdicar a favor de esta reina triste de la moda. Sus relaciones apenas duran unos días. Escoge con precisión, satisface sus necesidades y desaparece para siempre dejando al galán desconcertado y enmohecido de por vida.
Pero un día, como en todos los cuentos, lo imposible ocurrió. Bárbara, fría, glacial, distante, casi inapetente, se enamoró. Quién iba decirle que fuera a ocurrir de esa forma tan trillada. Cayó en los brazos del chico –ni siquiera un hombre- que recogió sus novísimas gafas de sol cuando cayeron al suelo en la puerta giratoria de un lujoso hotel de diseño.
De inmediato subieron a una habitación en la que pasaron la noche juntos, sin separarse un segundo, abrazados y más; mucho más. Quiso evitar llamarlo, pero haber garabateado el teléfono de él con la punta de oro de su pluma ya suponía una claudicación impensable. No importaba otra más. Se citaron a las seis en el mismo hotel. Ella le esperaría en la habitación 313. “No tardes”, le rogó.
No recordaba aquella impaciencia deliciosa que le recorría su cuerpo bien torneado. Para sus ojos, acostumbrados a ser usados como meros instrumentos de precisión, el acontecimiento significaba una oportunidad única de vibrar. Estuvo a punto de llorar, pero no había tiempo; la hora se acercaba.
Bárbara, perdida en el mar de ropa de su gigantesco vestidor, se deshacía en una pura duda. Él era un chico corriente y no quería apabullarlo. A la vez tenía que hacer honor a su historial. Había que deslumbrar sin aplastar. Por un día, no se trataba de despedazar al contrario, de dejar boquiabierto al público expectante; no. Quería enamorar.
Los minutos pasaban y los trajes iban y venían a gran velocidad. Diez, quince, veinte, cuarenta... Por fin escogió uno rojo de corte atrevido. Pensó en la pasión, en los labios recorriendo el escote, en sus manos bajando las cremalleras para dejarla, completa, a su disposición.
¿Y los zapatos? Ya pasaban treinta minutos de las seis –la hora fijada- y continuaba descalza. Se repitió el episodio de los trajes. Cientos de pares bailaban por el parquet sin que se decidiera por un modelo. A las siete y media, por fin, eligió. No quedó convencida, pero la prisa apremiaba hacía ya demasiado tiempo.
Salió de casa a la carrera, cogió el segundo taxi que pasó –antes dejó ir otro por vulgar- y le pidió que volara hacia el hotel. Pasaban ya unos minutos de las ocho cuando puso el pie en la alfombra roja de la entrada a la vez que él, su único amante verdadero, salía por aquella puerta giratoria que el día anterior los juntó. La miró fijamente durante el segundo necesario para advertir que esas dos horas de retraso las había pasado en el vestidor. Se acercó a ella y le dijo: “¿No te das cuenta de que ayer como más me gustaste fue cuando te quité la ropa?”. Sin una palabra más, se marchó.

Juan Pelegrin