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Rivas Vaciamadrid, 8 de febrero de 2019

VIVIR DE GORRA

Estimados vecinos y vecinas hace ya mucho tiempo en que ignorante o pérfidamente se oye esta expresión de “vivir de gorra” en su versión maligna, en la parte de vivir del cuento, vivir sin currelar, vivir de las limosnas apetecibles del estado de bienestar. Como se oyen otras, tales, como, “vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo” y que mentirosamente calan en el caletre del personal por vaguería intelectual o por la intrepidez de los intolerantes defensores del alardeo del valor personal y el desprecio por la vida: chulería española de toda la historia.

El pensamiento que borra a los individuos comienza en el interior de cada uno y lo hace en el lenguaje, en la normalización de expresiones que uniformizan y aplanan la singularidad de cada uno, de cada una. ¿Cuándo comienza el odio? “Vengo del centro de salud. Atestado de extranjeros. Magrebíes, sudamericanos, rumanos,…”

El primer mecanismo parte de una etiqueta (pongamos “extranjero”) que se estampa en los otros. Todos esos otros parecen culpables de algo. Se les invalida situando encima de su rostro una máscara, se les oculta (los otros) con la etiqueta indistinguible y descartable. Ese pensamiento perezoso hace posibles muchos mas. Con la misma facilidad con la que brota, infesta. Y se fabrica el enemigo…,pero ese, no es.

En el mundo fabril del siglo XIX y principios del XX. Pensemos en la industria de aquel entonces. Era la época del jornal, del estipendio que el capataz pagaba a los obreros por un día de trabajo. Por un solo día. Y era, entonces, el momento de máxima desprotección social de unas clases populares ya plenamente proletarizadas. El jornal era la base. Un día sin jornal podía ser un día sin suministros básicos. Sin cena, sin ir más lejos.

Pero en aquella época de blusas azules para los hombres y largos vestidos negros para las mujeres, había algo más: la gorra. Cuando alguien caía enfermo, un compañero, un vecino, un familiar, lo anunciaba en la fábrica y cuando llegaba el momento de recibir el jornal, se situaba la gorra del trabajador ausente en un rincón acordado para que los demás fueran dejando, al salir de la nave, un pellizquito de lo que habían ganado ese día. De este modo, algo parecido a un jornal integro llegaba al hogar del trabajador enfermo. Se aseguraban los suministros básicos. Sin ir más lejos, la cena.

Esa gorra, sirvió para que los trabajadores se fueran viendo como clase social, que se hacía a si misma, creando formas de suavizar el capitalismo, articulando vías y maneras de apuntar a un mundo común.

Pues, pensemos ahora, en lo que significa, ahora, vivir de gorra (vivir a costa de los demás, de los impuestos de los demás, del trabajo de los demás) y comparemos con la bella imagen de su inicio. ¿Qué ha sucedido?,  pues que hubo que demonizar la gorra. Los patronos se percataron de que aquella solidaridad llevaba a otros pensamientos. Aquel significado se perdió, la gorra se perdió, pero al fin y a la postre ganamos la Seguridad Social y aledaños.

Estimados vecinos y vecinas, el autoritarismo trabaja ladinamente con el lenguaje e inventa a “los otros” para poder destruirlos, nos los señala para enseñarnos un leitmotiv  que nos tape las cosas importantes, que nos entretenga, diciéndonos que son la causa, el enemigo. Pero ese, no es.

Solo en las historias con rostro podemos empezar a armar algo distinto. Si hay una píldora del día antes del totalitarismo, esta ha de ser mirar a la cara a todas y cada una de las personas con las que nos cruzamos.

En las caras desnudas, en las arrugas, gestos cansados, grasura del pelo, maquillajes corridos y cutis descuidados quizás sepamos leer historias, entenderlos y entendernos.

Mirar horizontalmente a los demás, echar abajo las máscaras.

Salud y comunicación desde EL PREGONERO programa informativo de RADIO CIGÜEÑA.

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