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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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EL RENACIDO

de Alejandro González Iñárritu

 

El calvario de Cristo era de risa

Un charco en la Dakota de 1820, poco después de la compra de la Louisiana a Napoleón. El trampero Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) de bruces al agua fría. Escupitajos, gritos y barro en el cuerpo saleroso. Los indios atacan el campamento para robar las pieles. El bueno de Glass a grito pelado, revolcado por el barro, salpicado por cubos de jugo de tomate y espumarajos por la boca. Un  río de agua fría. El baqueteado Glass de cabeza al agua. Gritos, babas y cubierto de hojarasca y barro. Por allí pasaba un oso peludo. El maltrecho Glass revolcado, izado arriba, aplastado abajo, de bruces al barro, mugidos (de Glass y del oso) y bañado en jugo de tomate. El jefe de la expedición decide abandonar a un Glass lleno de barro y sangre y a su hijo Hawk (Forrest Gleeson) dejándolos al cuidado del malencarado John Fitzgerald (Tom Hardy) y del jovencito ingenuo Jim (Will Poulter). Y el tal John no tiene otra mala idea que matar al dulce hijito de Glass. Más gritos y rugidos de Glass. Y más barro cubriéndole el cuerpo. Y más jugo de tomate. Así que el malo John y el inocente Jim se van de naja dejando embarrado, mugiendo y lleno de jugo de tomate al medio muerto Glass.

Pero en el cine todo es posible y el embarrado y rugiente Glass no muere. Sorprendentemente, cual Lázaro reeditado y puesto al día, se levanta y anda. Y decide recorrer trescientos kilómetros en busca de los asesinos para vengar la muerte del hijo piel roja. Y la secuencia vuelve a empezar: charco, de bruces al agua, gruñidos, barro, mugre, sangre; llanura con un metro de nieve, de bruces, rugido, barro, sangre… Montes, rápidos de río, barrancos, bosques… Por fortuna hay algún que otro pescadito o hígado de bisonte que comer, caballo muerto que, abierto, sirve de manta para dormir… Y así hasta el final. Eso sí que es un Calvario y no otros.

Y como los obstáculos a salvar pueden ser infinitos a poco que guionista y director tengan algo de imaginación, pues la película dura más de dos horas y media. Pero hubiera podido durar muchísimo más. ¿O dura más?

¿Ha resucitado Jean Jacques Rousseau?

En principio pienso que Alejandro González ha querido trasplantar al cine el “Emilio” de Rousseau y, puesto que así lo aconsejan los tiempos políticamente correctos, guiñar el ojo a los bienintencionados ecologistas: el hombre, corrupto por la cultura y la sociedad, se redime al arrojarse a los brazos amorosos de la Naturaleza. Y ha aumentado mi primera impresión al ver el cartel que reza: “todos salvajes”.

Pero es precisamente ese cartel lo que hace percatarme de que esto es, precisamente, al revés. Aquí el señor González nos presenta una sucesión inacabable de brutales luchas del hombre contra la naturaleza. Una naturaleza que se nos presenta como una inmensa amenaza, siempre dispuesta a acabar con el hombre. Y esa sucesión de duelos no tiene otro objetivo que proporcionarle al espectador casi tres horas de entretenimiento, que confeccionar una película mitad “del oeste” mitad de aventuras. Vamos: ni chicha ni limoná.

Y ni Rousseau, ni ecologismo, ni nada. Solo obviedades y más obviedades. Como la de ese cartel. O puros clichés, como ese plus de injusticia social que quiere ser el asesinato del hijo indio del protagonista. Pero a estas alturas podemíticas, sirizaistas y cinquestellistas de la Historia ¿a quién se le ocurre pedir una filosofía y un concepto de vida distinto a los que se desprenden de la profunda filosofía que emana de los superhéroes de la Marvel?

Creo que González no ha tenido otro propósito que hacer partícipe al espectador de su desparramado y sádico gusto por sacudir y hacer sufrir a los actores de sus películas. ¡Qué mal lo ha tenido que pasar Leonardo DiCaprio! ¡Pobrecito! Pero manejar adecuada y publicitariamente ese sufrimiento en el rodaje también sirve, ¡y mucho!, para conseguir dinero en taquilla y nominaciones en el “oscar”.

Eso sí. González debe tener un ego que no cabe en Hollywood y está pagadísimo de sí mismo. Así que todos tienen que hablar de su maestría. Y puesto que los medios digitales lo permiten lo envuelve todo en brillante celofán de colorines y allá van, hasta aburrir, una sucesión de planos secuencias que no solo muestran la generalidad del escenario, sino también esa mínima gota de sangre, el escupitajo, el barro o la mugre. Y cuando no hay planos secuencia pues se meten unas preciosas fotografías de paisajes nevados sobre las que la cámara gira trescientos sesenta grados. Y el espectador lanza un “oooooooh” asombrado que se oye en diez kilómetros a la redonda. Y todos murmuran: ¡Qué belleza! ¡Qué perfección!

Pues bien. De las doce nominaciones que tiene a los “oscar”, bien pudieran darle quince o veinte. Pues en González todo se da por añadidura evangélica.

Y un poco de pesar: DiCaprio se merecía “oscar” en sus tres o cuatro últimas películas. Se ha convertido en un actor excepcional. No se lo dieron. Ha tenido que gritar, mugir, gruñir, renegar, salivar, escupir, cubrirse de barro, de jugo de tomate y de cuanta porquería se encontraba a mano, y poner cara de excelso sufrimiento para intentar que se lo den. Y se lo darán. ¿Pero es eso actuar? Habrá que consolarse pensado que será un “oscar” a un tremendo “esfuerzo”.


Vicente Parra Fenollar

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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