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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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EL CLAN

de Pablo Trapero

Una familia de lo más normalito

Pongamos de hablo de una familia muy normalita de clase media alta y con aspiraciones a ser altísima: padre, madre y cinco o seis hijos muy pulidos y educados. Una familia normal con alguna vinculación política en su “terreta”, con un negociejo floreciente (pongamos, por caso, una “rotiserie”, o un restaurantecito, o una tienda de artículos deportivos, o una pastelería, o, ¿por qué no?, una pequeña banca local que tenga problemas jurídicos, o… Una familia muy, muy normal, que todos los días reza el rosario y se encomienda a la protección de, pongamos, la “Moreneta”, que comen en familia y bendicen la mesa, que el hijo mayor tiene aficiones deportivas y es forofo de un club señero que es “més qu’un club” y hasta juega en él… Y que esta familia tan normal, tan educada, tan religiosa, tan honrada, se dedica, en realidad, a extorsionar a todo quisque para hacerse con millones.

A que piensan que estoy hablando de... ¡Pues no! No estoy hablando de la muy honorable familia catalana de los Pujol. Estoy hablando de la familia argentina de Arquímedes Puccio (Guillermo Francella) que, en el periodo de la dictadura, se dedicó a extorsionar a familias ricas bonaerenses, con el fin de hacerse millonarios.

Esta familia tan perfecta, tan religiosa, tan normal, revolvió el estómago de los argentinos cuando se enteraron que su dedicación predilecta fue extorsionar a las grandes fortunas y empresas bonaerenses mediante secuestros por los que pedía rescates y, finalmente, ejecutaba a los secuestrados. Modélica familia que al amparo del glorioso Proceso de Reorganización Nacional sacó unos cuantos milloncejos a costa dela vida de otros. Total,.. Entre cientos de miles de desaparecidos unos cuantos más ni se notan.

Y todos sus miembros eran cómplices: su esposa (Stefanina Koessl), dulce maestra amante de los niños; el hijo mayor, Alejandro (Peter Lanzani), el gran gancho por sus relaciones deportivas y con las grandes fortunas de Buenos Aires; Maguila, (Gastón Cocchiarale), el hijo que se fue al extranjero para no participar en los trapillos sucios de padre y hermano pero que, como lejos de la familia hace mucho frío, regresa y pone las manos en la masa; Guillermo, (Franco Masini), el hijo menor que se va de casa porque sabe lo que allí se cuece; y Silvia, y Adriana,  y… No sé si hay más hijas o más hijos. Todos, absolutamente todos, participan en las acciones criminales.

Y como el negocio es muy lucrativo… pues no es cuestión de abandonarlo cuando la dictadura se va al carajo y llega la democracia. ¡Vamos, que le tomaron gusto a la cosa!

La familia es la familia, pero…

Y como la paz bien vale una misa, como dijo Enrique IV de Francia, (¿o no dijo eso?), con la llegada de la democracia se propaga felizmente una amnesia y los de antes son ahora demócratas, nadie es culpable, todos son felices y se puede seguir gritando alegremente “¡Arriba Argentina!” sin que nadie pida cuentas, ni te sientas obligado a dimitir y encerrarte en tu casa.

Pero Alejando Puccio, el hijo mayor, preso de un repentino ataque de conciencia no lo considera tan feliz y, ¡claro!, el edificio se viene abajo. Al menos el suyo y el de su familia., que otros...

¿Es esto cine político? ¡Pues sí! Cine político sin contemplaciones. Y muy político.

Es cierto que Pablo Trapero, y los guionistas Esteban Student y Julián Loyola, han hecho de la enfermiza relación paterno filial de Arquímedes, el patriarca de la familia, y Alejandro, su hijo mayor, la estructura sobre la que se mueve la película, pero las circunstancias políticas de Argentina en  los primeros años ochenta del siglo pasado son las que configuran esa relación. Y esas circunstancias son la dictadura y los inicios de una democracia lastrada por el miedo al pasado.

En ese contexto el hijo podrá tener todo el cargo de conciencia que pueda tener un hombre y no querer esa vida llena de atrocidades, pero necesita mantener todo lo logrado gracias a los beneficios de los crímenes. Trágico.

No sé si Pablo Trapero ha hecho realismo o naturalismo. Lo que sé es que n o hay ni el mínimo arranque de lirismo del señor Trapero y sus guionistas. No hay ni un gramo de ternura. No se encuentra el menor rastro de poesía. Por no haber no hay ni salvación poética. Los creadores de esta película saben que todos son culpables. Que los inocentes también son culpables. Que no se salva ni Dios. Un espectador de la Argentina de hoy, de la España de hoy, para saber si esa conclusión es cierta solo tiene que preguntarse por qué, en un clima de libertad, crecen como setas los Robespierres y Savonarolas, persecutores indignadísimos de la corrupción, si no es para acallar las malas conciencias de los que se pretenden inocentes.

Pablo Trapero sigue perforando en su línea de cine comprometido a pesar de que se ha alejado bastante de su radicalizada vena inicial. Entre su “Mundo grúa” y esta “El clan” media un viaje en el que se ha dejado bastantes plumas arriscadas para conservar las más bonitas. Quizás el que esta película esté producida por los hermanos Agustín y Pedro Almodóvar pueda explicar que Trapero haya salido del más que subterráneo festival de Róterdam y haya ascendido a los cielos del festival de Cannes. Y  no tiene inconveniente en acudir a los “Oscar”. El dinero tiene sus caminos.

El director vuelve a hacer gala de su fluidez narrativa, sometida a un ritmo vertiginoso y armónico. Pablo Trapero hace gala de un gran dominio de los recursos narrativos al introducir, casi imperceptiblemente y sin estridencias, el melodrama amoroso. Todo sallpicado, a veces, de un humor negro. Más bien negrísimo. Como en la secuencia en que el patriarca está junto a la madre que despedaza un pollo asado y elige las mejores partes. El plato es para llevar al que va a ser ejecutado. La gracia está en que si la víctima no come se morirá de hambre.

Ambientación y música están al servicio de lo inhóspito del estilo y utiliza un  montaje paralelo que enriquece las secuencias. Pero ese montaje paralelo, en ocasiones, corre el riesgo de la obviedad, como en esa escena de sexo montada en paralelo con otra completamente virulenta. No obstante son “peccata minuta” en un conjunto espléndido.

Pero “El clan” no sería posible concebirla sin sus dos protagonistas principales. Guillermo Francella se ha salido de su piel cómica y ha proporcionado una creación fastuosa de un padre hierático, casi inexpresivo, pero que inquieta hasta revolver los estómagos. Y Peter Lanzani… ¿de dónde ha salido? Creo que es su primera película. ¡Y qué esplendido personaje contradictorio ha logrado!

Vicente Parra Fenollar

 

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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