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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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UNA PALOMA SE POSÓ EN UNA RAMAA REFLEXIONAR SOBRE LA EXISTENCIA

de Roy Andersson

Con la muerte hemos topado


Tres historias don destino a la muerte. Pon energía al descorchar una botella de buen vino y pronto verás a San Pedro. La otra piensa que llevándose las joyas a los cielos hará la competencia a María Magdalena en eso de ligar a tíos cachas, mientras sus herederos están convencidísimos de que las joyas están mejor en este mundo. Y un ignorante que paga muy religiosamente su comida sin enterarse que en el cielo todo es gratis.

Tres historias, tres.

Tres historias y una sola película, o una sola idea. Como el misterio de la Trinidad. Y para algunos espectadores la película posiblemente sea más incomprensible que la Trinidad católica. ¡Que ya es decir!

Pero Venecia dixit: ¡León de oro! Y los señores críticos han declarado dogma: ¡Obra maestra! Y ante tamañas autoridades y tan grande unanimidad, el espectador vulgar se acojona. Si ellos dicen eso… pues eso será, aunque yo, que soy tan simple, no entienda ni mú. ¿O es esa cualidad de ininteligible lo que convierte la película en obra maestra?

No sé si el jurado veneciano o los señores críticos saben más que yo del sueco Roy Andersson. Yo debo confesar que es la primera película suya que veo y que jamás había oído nada sobre él. Y ahora me entero, gracias a la sabiduría de los otros, que esta película, cuyo título es casi tan largo como las comedias de Arthur Kopitt, es la última parte de una trilogía que el señor Andersson ha escrito a lo largo de quince años. ¡Pues qué bien!

Cuando yo creía superada la secular discusión de si en un hecho artístico hay que distinguir entre forma y fondo, ahora me tengo que acoger a la  separación de ambos elementos para valorar esta película.

Si Samuel Beckett en su desesperante “Esperando a Godot” recurrió a dos payasos, Vladimiro y Estragón, para poner en pie y ante nuestras narices la nada en la que el ser humano sumerge su existencia, Andersson recurre a otros dos “clowns”, dos destartalados vendedores de artículos de broma, Jonathan (Holger Andersson) y Sam (Nils Westblom), para unificar las tres historias, trenzar las muchas viñetas que se le ocurren  y ser los testigos de la tristeza, mediocridad y grisura de la existencia de los seres humanos. Andersson, como buen sueco, reduce la brutalidad beckettiana a anodino diseño de Ikea.  Su descubrimiento de que el hombre no es feliz ya se lo dijo Solón a Creso de Lidia siete siglos antes de Cristo. Y que la cosa no tiene arreglo o, por lo menos, es completamente inútil intentar arreglar, ya lo dijeron don Jean Paul Sartre y su enemigo íntimo don Albert Camus. Fueron ellos los que inventaron, aunque practicaron poco, el término “absurdo” aplicado a la existencia y lo volcaron sobre las artes. Los años finales de los cuarenta y la década de los cincuenta del siglo XX fueron el imperio del “absurdo”. Y el señor Buñuel puso alguna muestra en su cine. Así que nada nuevo en el cine del señor Andersson, al menos en esta película.

Claro que, como Heráclito dijo cinco siglos antes de Cristo que cada amanecer es un nuevo día y se descubre el mundo en cada instante, nos aprestaremos a considerar que las ideas de Andersson son una novedad y está bien que las exponga. Decir que la vida de una persona normalita es gris, mediocre, triste, sin sentido, es siempre bueno. Y con esta buena disposición se puede soportar la sucesión de historietas dentro de las tres historias: La inapropiada relación en una clase de baile, el anciano sordo en el bar, el espectáculo en el centro de jóvenes discapacitados… Y toda una sucesión de instantes inconexos que hacen arbitraria la película.

En cuanto al envoltorio en que se nos presentan estas ideas lo vemos ya desde la primera secuencia: una puesta en escena minimalista, sin muchos diálogos y que acude a ideas visuales que se apoyan en Magritte, Edward Hopper y cuanto el señor Andersson debe considerar el colmo del surrealismo, pero que se acerca mucho a las historietas de las ediciones de La Chaux-de-Fonds,  con las viñetas del grupo Plonk et Replonk, para retratar una Suecia de colores muy desvaídos, ciudadanos tarambanas (incluido el mismísimo rey Carlos XII descansando en el bar tanto en la ida como en la vuelta de su paseo a Poltava) y una vida tan glacial que parece más congelada que el  Polo Norte.

Una película que es una miniatura dispuesta a desafiar a los espectadores más atrevidos y más pacientes. Pero puede gustar a algunos. Entre ellos el Jurado de Venecia y los señores críticos.


Vicente Parra Fenollar

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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