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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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THE IMITATION GAME

de Morten Tyldum

Para qué sirven las matemáticas

Si te vas al mercadillo de los martes, compras un kilo de uvas, preguntas cuánto valen, el frutero te contesta que cinco euros y tú, en vez de responder “¡qué carísimo!”, sacas la calculadora y empiezas a hacer complicadísimas operaciones para averiguar el valor de cinco euros, como debía hacer el matemático inglés Alan Mathison Turing, (Benedict Cumberbatch), no te extrañe que venga algún que otro comandante como Denniston, (Charles Dance), y un jefazo del M16 británico como Stewart Menzies, (Mark Strong), y te “contraten” seductoramente para que descifres los jueguecitos de que se traían entre manos don Adolfito Hitler y su panda de amiguetes. A fin de cuentas tú también jugabas a esas cosas cuando eras niño. Y después de tantas matemáticas acabas como acabas: suicidado.

Caminito del tío “Oscar”.

Antes que nada digamos que se trata de una muy inglesa película de época. Y eso significa que estamos hablando de una ambientación espléndida, de actuaciones morrocotudamente buenas y de academicismo fastuoso. Así pues ya tiene ganado mucho del camino hacia el “oscar” 2014. Añadamos la rareza de que el director,  Morten Tyldum, es noruego, exotismo que le hace avanzar varios pasos en el camino, pues seguramente los académicos hollywwodieros, tan abiertos ellos a lo nuevo, creerán descubrir un nuevo Ingmar Bergman. Añadamos que el asunto tratado puede considerarse como el origen de la ciencia computadorica, ¿y quién niega a los señores académicos de Hollywood, tan adelantados ellos, su amor a los avances modernos? Pues ya hemos dado unos pasitos más en el caminito hacia el “oscar”. Y si a todo esto le añadimos la audacia y el progresismo de reivindicar a un héroe como Alan Mathison Turing, inventor y defensor de la “inteligencia artificial”, pues ¡la rehostia! ¡Se le concede un montón de tíos “Oscar”! O sea, que en el sorteo de los “oscar” “The imitation game” lleva una montaña de papeletas.

Y hay que reconocer que la película, ideada como un producto “mainstream” tiene una nobleza y una dignidad rara en ese tipo de mercado. La esplendorosa ambientación de época la hace agradable. La planificación académica la hace agradecida en los tiempos que corren. La soberbia interpretación del señor Cumberbatch, haciendo simpático a alguien que no parece serlo y que es egoísta y soberbio, es fascinante y contagia de tal modo a los otros actores que parece que hasta Keira Knightley sabe actuar y se deja de morritos y posturitas, aunque no olvida sus pizpiretas  miradas y graciosos ojitos.

Así que el espectador sale complacido.

Pero da la casualidad que Alan Mathison Turing, que capitaneó el equipo que descifró el código nazi de “enigma” y quien empezó a investigar sobre “inteligencia artificial” ideando la “maquina Turing” y el “test Turing”  era maricón, que fue detenido por serlo y que un civilizadísimo y moralísimo tribunal londinense le condenó en 1952. El compasivo tribunal le dio a elegir entre la prisión, y por tanto dejar sus investigaciones sobre computadoras e informática, o la castración química.  Eligió la castración. Y en 1954, en pleno oprobio social, se suicidó. Después: el olvido. No sirvió de nada que él y su equipo hubieran adelantado dos años el final de la II Guerra Mundial salvando, según cálculos de historiadores y militares, ocho millones de vidas. Ser maricón era un crimen mayor. No fue hasta 2010 en que el Primer Ministro Laborista Gordon Brown pidió perdón por la felonía cometida. Y se tuvo que esperar a 2014 para que Milady Isabel II se dignara restituir el honor del matemático Alan Mathison Turing.

El pero a la película está en que puestos a sacar a la pantalla, por octava vez, la figura de Turing se esperaba, en esta ocasión, que abordara abiertamente la homosexualidad del científico. Y es cierto que la aborda, pero tímidamente en algunos “flashback” iniciales , para recordar su primer amor hacia su compañero de colegio Christopher Morcon,  y en unas secuencias finales que parecen querer ganar los cien metros lisos en una olimpiada para precipitarse hacia el “The end”.

Aparte del prólogo y del fin de acto, toda la película está estructurada sobre secuencias del descubrimiento del código nazi, como si la homosexualidad fuera un trago demasiado duro, cuyo cáliz hay que apartar rápidamente, aunque sea a costa de reducir la novela de Andrew Hodges en la que se basa. Películas como “Breaking the code” de Herbert Wise, por cierto sobre la misma novela e interpretada no menos fascinantemente por Derek Jacobi, o “Codebreaker” de Clare Beavan, posiblemente eran más honestas a pesar de que tampoco entraban demasiado en la homosexualidad de Turing. Y que por su honestidad no tuvieron la repercusión que sí tendrá ésta.

Y es que admitir que en el principio de las computadoras, y de la informática, está la homosexualidad, es duro para algunas personas.

Hay que destacar la música de Alexandre Desplat, además de ser una belleza suple maravillosamente los bajones de la narración al suavizar espléndidamente algunos momentos en los que el director se desliza hacia el melodrama, y la deslumbrante fotografía, como buen producto inglés, de Oscar Faura.

"Oscar" alguno caerá. Por de pronto ya está nominada a un montón de apartados en los "Golden Globes". Si obtiene algo será merecido, lo que procura tristeza por no haber sido más osados director, guionista y productores.

 

Vicente Parra Fenollar

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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