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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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CORAZONES DE ACERO

de David Ayer

De paseo con un tanque

El director y guionista David Ayer nos monta en un tanque americano y nos pasea por los campos de guerra alemanes antes de que los ejércitos aliados entren en Berlín al final de la II Guerra Mundial. ¡Y vaya paseíto! Para postres llevamos unos compañeritos que ¡ya… ya!... El agotado sargento Don “Wardaddy”, (Brad Pitt), el conductor Boyd “Bible”, (Shia LaBeuf), y los soldados Trini García “Gordo”, (Michael Pena), y Grady “Coon-ass”, (Jon Bernthal). Y junto a ellos Norman, (Logan Lerman), tan pipiolito él, inocente y modosito.

Con tal compañía y tal escenario… pues sucede de todo… hasta quedar hartos de tanta o más violencia que en el cine de Sam Peckinpah (la cita es obligada).

Pues la guerra no es bonita

“¡Es la guerra, idiota, no un crucero por el Mediterráneo!”, le hubiera podido gritar el director y guionista David Ayer a miss Joan Littlewood, aquella escritora inglesa que se marcó el musical “Oh! Waht a lovely war”. Musical que hizo furor a finales de los años sesenta del siglo pasado y que Richard Attenborough, siempre tan grandilocuente e institucional, llevó a la pantalla con un reparto en el que figuraban todos los que eran alguien en el cine británico. Pero eran otros tiempos. Tiempos de “jóvenes airados” dispuestos a tomarse a coña hasta a la mismísima Queen inglesa. Tiempos aburridos, cosificados, pero abiertos a la rebelión y a la esperanza. Esos tiempos idos son. Ahora estalla la barbarie y no se otea esperanza alguna. El desencanto se apodera de los ánimos y la desesperanza de jóvenes, (y no tan jóvenes llenos de frustraciones), se sublima en revoluciones “pendientes”.  La Historia se revisa. O se pretende revisar. Es decir: cada quisque arrima el ascua a su sardina montándose una Historia a su medida para después endilgárnosla a todos haciéndola pasar por “prêt-a-porter” universal.

David Ayer también tiene derecho a revisar la II Guerra Mundial. Solo un día en la vida de cinco tanquistas antes de entrar en Berlín, y finiquitar la masacre, le sirve al director y guionista para dar una visión negra, negrísima, de tanta violencia sin sentido. Matar es el único mandamiento que hay en esa religión. El sargento Wardaddy se lo espeta brutalmente al angustiado Norman aquejado de vomitera ante el espectáculo de un soldado que prefiere suicidarse antes que morir abrasado: “O matas o te matan. Mata y después preguntas”. El sargento lo sabe bien. Acaba de matar a dos chavalillos alemanes reclutados miserablemente para la guerra porque ya no quedaban adultos o se necesitaba más mano de obra para apretar gatillos. Y el sargento, al contemplar esa juventud (o más bien niñez), parece conmoverse algo. Pero solo parece.

Debo confesar que David Ayer es de esos directores que no me gustan, pero que siento curiosidad ante cada una de sus películas. No me gusta porque la violencia es el centro de su cine, (aunque no llega a la profundidad de Sam Peckinpah, ni siquiera a Brian de Palma), y siento curiosidad porque la sociedad que presenta siempre está atravesada por la lucha de clases. No una lucha de clases marxista, sino a la manera de como los cineastas hollywoodieros la reflejaban en los años treinta y parte de los cuarenta. Pero mucho temía que, en esta ocasión, acudiese a todos los clichés del cine norteamericano de los noventa y nos sirviese una buena ración de Sylvester Stallone rejuvenecido. Taquilla manda en Hollywood. Claro que el hecho de que en la producción estuviera Brad Pitt hacía suponer que, aunque se mirara la taquilla, los Schwarzenegger de turno serían arrojados a un profundo baúl. Y así ha sido.

David Ayer, agarrado a un naturalismo apabullante, que consigue planos deslumbrantes al tiempo que sobrecogedores, construye una película que huye con toda el alma del cine de superhéroes americanos que reparten hostias y patadas hasta en los vestíbulos de los cines. Si hay algo a lo que Ayer se acerque es a “La guerra de las galaxias”, pero solo en la forma de utilizar los efectos especiales para visibilizar disparos y bombazos.

Lo que nos presenta es un auténtico infierno, del que ha desaparecido todo rastro de moral, de ética o de valor humano alguno. En ese escenario no hay más ley que la de matar para sobrevivir. Esos cinco personajes encerrados en su tanque, resumen todo su ser en el cañón que luce un esclarecedor sustantivo, “fury”, que es el título original de la película. No sé por qué los distribuidores españoles han cambiado el nombre, a pesar de que de “corazones de acero” stallonianos nada. Son corazones vulnerados que han sucumbido a la bestialidad y sin sentido de la guerra. La traducción de "Colera" para el título hubiera ido como anillo al dedo. Y la película,  hasta casi el final, acogota.

Soberbia la interpretación de todos, pero muy especialmente la de Brad Pitt que recurre a un método que hoy se utiliza poco: la reducción gestual que utilizaban dos de los más grandes actores que ha dado Hollywood, Henry Fonda y Montgomery Clift. ¿Cuándo le otorgarán un merecidísimo “oscar”? ¿O los guapos no tienen derecho a la estatuilla dorada?

Es una pena que guionista, director y productor hayan estado presos del miedo a convertirse en “veneno” del cine y hayan apuntado, aunque levemente, el jueguecito stalloneano de “joder al nazi” y cedido a la tentación de poner un final que endulce la vomitera. Pero ni aún con azúcar y celofán final la película ha merecido el honor de ser nominada para alguno de los “Golden Globes”. Demasiado para el fino paladar de los periodistas internacionales afincados en Hollywood.

(En los cines de Rivas Vaciamadrid)

Vicente Parra Fenollar

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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