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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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ROMPENIEVES (Snowpiercer)

de Boon Joo-ho

Viajeros al tren

Con lo bien que estamos aquí en la Tierra y los ecologistas dale que te pego que si el calentamiento global, que lo estamos convirtiendo todo en un socarral, que si el Algarrobito logra que se retiren las aguas del Mare Nostrum, que ya ni Nostrum ni ná, sino de Nulus. Y va un Gobierno, (que me parece que no debía ser del PP porque no suele dignarse mirar a ecologistas),  y les hace caso. Y, ¡hale!, a meterle al espacio una inyección de no sé qué puñetera cosa que, según los científicos afirman, rebaja la temperatura. Y la baja tanto que para sí la quisiera el congelador de mi casa. Todo queda hecho puro hielo. ¡Una pasada! Y lo que queda de humanidad recurre a la viejísima idea a la que recurrió Noé: se monta un arca, que en los tiempos que corren adopta la forma de un tren de alta velocidad, y a recorrer la Tierra sin poder parar, porque si para el dichoso tren quedarán hechos unos cubitos de hielo tan hielo que ni servirían para enfriar un “gin tonic”, sino para congelarlo. Y en el tren, ¡cómo no, habiendo personas por medio!, suceden cosas y líos.  Entre esas cosas está que un tal Curtis (Chris Evans) monta una revolución contra un tal Wilford (Ed Harris) ¿Acabará Curtis aliándose con Wilford o se dejará de tanto charloteo y le matará de una puta vez a pesar de que el tren se pare? Solución: en el futuro.

El caduco e inservible Carlitos Marx

Al inicio de la película los marxistas a la antigua se frotan las manos. La cosa no puede ir mejor. El tren es la encarnación perfecta de lo que decía Marx: la sociedad se divide en clases que luchan entre sí. Y así tenemos en la cola los vagones donde viaja el lumpen. Sin ventanas, hediondos. Y todas las demás lindezas que suelen impregnar las vidas y personas de los proletarios, siempre tan sucios. A medida que se avanza por los vagones del tren la cosa va también haciéndose cada vez más limpia: que si los burócratas, que si los educadores, que si los profesionales emprendedores, que si los ministros, que si los presidentes de las empresas que están en el Ibex 35, que si los Botines, Pacos González y demás distinguidos banqueros… Y en la cabeza, donde está el motor que conduce todo eso, Franco, digo Wilford, caudillo que solo habla consigo mismo. Bueno: y con su puta. Es decir: todo está perfectamente jerarquizado y ordenado yendo de menos, la cola, a más, la cabeza.

Pero tan perfecto orden es alterado por Curtis, un zarrapastroso proletario que siempre está agriado, tiene muy mal genio e ínfulas de líder. Y aconsejado por el viejo Gilliam (John Hurt) piensa que ya es tiempo de hacer la revolución y amotina a todos para ir a tomar el motor. Y a medida que avanzan por los vagones se oye el entusiasmo de los viejos marxistas: ¡A por ellos! ¡A por ellos! ¡La rehostia, tú! ¡Que atracón de patadones, puñetazos, tiros, incendios, efectos especiales!... El tren va quedando hecho unos zorros. Hasta que el tal Curtis llega a la cabeza, al apartamento del tal Wilford, que es donde está el motor y desde donde se maneja su funcionamiento. Y como todos los caudillos suelen ser magnánimos y muy generosos, de muy buena gana el Wilford le enseña a Curtis cómo funciona el motor y lo que es necesario para que siga existiendo el tren. Y no tiene ningún inconveniente en descubrirle a Curtis que su buen amigo, el viejo Gilliam, era un sicario suyo que estaba de acuerdo con él y que le aconsejó que hiciera la revolución porque para el buen funcionamiento del tren es necesaria, de cuando en cuando, una buena revolución que provoque muchos muertos para así recobrar el espacio vital, que últimamente estaba demasiado concurrido y amenazaba con acabar con el capitalismo, digo, la humanidad.

Al terminar la película y encenderse las luces no se veía ningún marxista. ¿Se habrán metido bajo los asientos, o se habrán salido antes de terminar? Repaso mentalmente algunas obras del viejo Carlitos Marx y  no consigo saber dónde afirma que el capitalismo, y cualquier poder que se precie, también integra y planifica las revoluciones contra sí mismo.  ¿O no lo dijo y quien dijo  algo así fue Antonin Artaud en sus momentos de locura? ¿O el divino marqués en sus reflexiones carcelarias?

Y si uno triunfa sobre el otro, ¿descarrillará el tren y adiós humanidad? ¿O empezará una nueva era? El señor coreano se nota que no lo sabe y, como en estos tiempos ya no se aparece la Virgen María comunicando la conversión de la Unión Soviética, lo deja en el aire.

Tampoco se veían muchos ecologistas.

Y esta es una novedad que aporta el coreano Bong Joon-ho a este tipo de cine. Un producto pensado para consumo de grandes masas de público, sacado de un tebeo francés (los tebeos son los actuales manuales de filosofía),  está impregnado, desde el primer fotograma (¿hay todavía fotogramas?) hasta la palabra “fin”, de una ideología devastadora. Hasta ahora este tipo de productos, -“blockbuster” creo que le llamó Cervantes por boca de su loco e iluminado Quijote- metían la ideología, (capitalista, por supuesto), de tapadillo y manufacturada como una hamburguesa de fácil digestión por los niños. El coreano la expone muy compleja, por bien estructurada, y muy a la vista. Verdaderamente indigesta para muchos.

Tan evidente que los listos de los distribuidores y exhibidores no se han atrevido a ponerla en cines a los que acuden amplias mayorías de espectadores, sino en esos cines secretos a los que acceden solo algunos pocos aficionados. Y esa es una contradicción en que se encuentra esta película.

Y por si fuera poco esta novedad, Bong Joom-ho, jefe de guionistas y productores de esta película, se planta en Hollywood sin renunciar a sus planteamientos estéticos y demostrarles a los amos del cine mundial que se puede hacer arte con un producto de masas. ¡Como en los viejos tiempos de Hollywood! Con ritmo creciente de principio a fin, sin necesidad de acudir a recursos externos a la narración. Con la cámara nerviosa, tan de moda en el cine actual, pero sin el baile de san Vito. Con un montaje endiabladamente veloz, pero sin querer competir en concursos de “spots” publicitarios. Y efectos, chorros de efectos especiales y digitales, pero somoetidos a la narración.

Y un reparto cuajado de estrellas de los que saca el máximo partido. A destacar la grotesca interpretación de Tilda Swinton. Corta, pero verdaderamente soberbia.

 

Vicente Parra Fenollar

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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