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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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POMPEYA

de Paul W. S. Anderson

Amores volcánicos para adolescentes

El esclavo gladiador Milo, (Kit Harington), que almacena la fascinante cualidad de ser también “el hombre que susurraba a los caballos”, tiene la mala suerte de enamorarse de Cassia, (Emily Browning), hija de Severus, (Jared Harris), un rico constructor de Pompeya, dueño del estadio local y sus gladiadores. La afición de Pompeya no puede ver ni en pintura a la afición de Roma, motivo suficiente para que Severus quiera que se recalifiquen unos terrenos en los que pueda construir un esplendoroso estadio que posibilite, de una vez, que un equipo de la periferia  gane la Champion’s League y, de paso, construir unos cuantos miles de viviendas de protección oficial acompañadas, es de suponer, por un montón de viviendas “de luxe” que compitan  ventajosamente con los áticos de Puerto Banús. Para ello necesita involucrar en sus planes al Delegado del Gobierno central, el senador Corvus, (Kiefer Sutherland), más malo que lo que echan, (¿por qué le llamarán Corvus?), que no duda en utilizar a su policía y Guardia Civil para hacer de las suyas y para que impidan que los gladiadores salten las vallas para entrar en el paraíso romano, (o más bien pompeyano), y conseguir la libertad.

El constructor Severus, para desgracia del gladiador Milo, cree que unos gurtelianos regalos al Delegado del Gobierno servirán para convencerle de que entre en la sociedad o, al menos, contribuya activamente en atraer capitales y fondos buitres de inversión. Y no teniendo mejor regalo que ofrecerle, el promete el matrimonio con su hija Cassia, la cual, naturalmente, no está por la labor… pero es de las que creen a pies juntillas que la familia, y su dinero, bien vale una misa. Así que el Delegado, dispuesto a hacer una gracia a su Partido Político e ingresar buenos dividendos en su caja, acepta de mil amores el regalo del constructor. Pero el espectador no tiene por qué alarmarse: no se casan. Allí está el oportunísimo Vesubio que se pone a echar humo en el momento adecuado, estropeando el matrimonio de conveniencia y los negocios de constructor y Delegado sin necesidad de que sus tejemanejes los publique el periódico local, ni que el juez de la Audiencia Nacional tenga que instruir causa alguna.

¿No he visto yo  esta película en otro cine?

De aquellos infiernos, estos volcanes.

Si la Santa Biblia nos asegura que Dios inundó el mundo con un diluvio de aquí te espero y destruyó a fuego las ciudades de Sodoma y Gomorra, nada extraño es que el señor Paul W. S. Anderson, después de tantas carreras hacia la muerte, de tantas visitas al “inferno”  y de tanto trato cotidiano con tantos huéspedes "evilescos", se haya contagiado de naturaleza divina y destruya Pompeya, ciudad que, como todo el mundo sabe y los historiadores más sesudos lo confirman, estaba situada en una bahía maravillosa, que tenía un puerto marítimo que para sí lo desearía la actual Valencia y, si me apuran, diré que tenía un  Castel Nuovo construido por el rey Español Alfons V el Magnanim.

Pero si Dios, todopoderoso, apenas necesitó un chaparrón y un brasero para enviar al carajo a los habitantes de aquel mundo, el señor Paul W. S. Anderson, menos poderoso, necesita para destruir Pompeya un “tsunami”, una atronadora “mascletá” y una “nit del foc”  juntas, tan espectaculares que  la señora Rita Barberá seguro que abre su bolso  Vuiton, no en indicación de que quiere un regalo del constructor o del Delegado, (ella es demasiado honesta para entrar en esas triquiñuelas y no está dispuesta a hacer favores ni a Dios), sino para  guardarse un poco de espectáculo para las próximas fallas. Y el señor Cañete, tan amante del agro, se muere de ganas de tener cerca un volcán que le proporcione tanta destrucción de viñedos y olivos. Le podría dar ocasión a ponerse bucólico y proporcionar "planes de regeneración de territorios devastados" que le lleven en volandas al Parlamento Europeo.

Lo malo es que todo ese festival llega tarde, cuando el espectador ya está hasta los cojones de tanta historia de amor, de tanta amistad gladiatoril,  y está ansiosamente deseando que unos cuantos cantos de lava caigan sobre la cabeza de los dos enamorados. Pero quizás ahí resida la cuestión: el espectador es inculto y el señor Paul W. S. Anderson necesita explicar pormenorizadamente que un tal Terentius Neo y su esposa, que los arqueólogos se empeñan en decir que son las dos momias abrazadas descubiertas en Pompeya, no son tales, sino Milo y Cassia, a quienes sepultó la lava mientras estaban en pleno ñaqua-ñaqua.

Y es que las cuestiones científicas necesitan su tiempo para que los ignorantes las comprendamos. ¿Qué menos que tres cuartos de película para explicar ese hallazgo momialístico? ¡Generoso que es Paul W. S. Anderson!

Y como es generoso tampoco se le caen los anillos por rendir homenaje a sus admirados maestros y sus películas. Que si el estadio y los caballos de “Ben Hur”, del maestro Wyler; que si la amistad gladiatoril entre negro y blanco de “Espartaco”, del perfeccionista Kubrick; que si las luchas de “Gladiator”, del sorprendente Scott; que si un poco de “Conan, el bárbaro”, de Nisper; que si… Y, ¡ojo, a los maestros hay que respetarles! Así que las secuencias se cogen tal cual ellos las concibieron y se insertan. Hay que tener tanto respeto que ni siquiera hay que disimular.

Y de amor… ¿qué?. Pues de amor… poco. ¿A quién demonios se le ocurre enamorarse de la hija del patrón? ¿Quién  coño tiene la osadía de enamorarse de una persona de clase social distinta? ¿Qué plebeyo se atreve a enamorarse de una princesa? (Bueno, caso al revés conozco alguno). Ya Guillermito Shakespeare nos advirtió de la tragedia a que conduce enamorarse de quien no se debe. ¡Y eso que las familias de Romeo y Julieta eran familias de empresarios emprendedores y de la misma clase social! Pero se ve que los pompeyanos no leyeron a Shakespeare. O le hicieron caso omiso. Pero se nota que el señor Paul W. S. Anderson lo ha leído y releído y quiere hacernos partícipes de la razon y grandeza del cisne de Avon. Pero Milo, incapaz de decirle a su Cassia después de una noche de ñaqua-ñaqua lo que Romeo le suelta a su Julieta cuando atisba las luces del alba, “la alondra con su canto nos anuncia la llegada del día”…, y maldice la ominosa luz que le impide seguir gozando de lo lindo, se dedica a decirle tonterías que nos inundan con ríos de almíbar y esconden la fuerza que el señor Paul W. S. Anderson ha querido imprimir a los fastuosos diálogos del guión.

Pero donde el señor Paul W. S. Anderson aplica todo su saber es en la dirección de actores. La aparición del protagonista se hace en un plano para la historia. La cámara enmarca el primerísimo primer plano entre cintura y hombros y nos enseña la perfecta tabla de lavar que son abdominales y pectorales de Kit Harington. ¡Qué prodigio de plano! El espectador puede calibrar justamente el mucho esfuerzo de muchas horas de gimnasio machacando músculos. ¡Ni Stanislawski conseguía tanta garra interpretativa! ¡Todas las quinceañeras enamoradas de tanta virilidad! Y más, muchas más joyas. ¡Qué portentoso primer plano sobre la cara del senador malvadísimo para que el espectador saboree la inmensa ruindad que puede expresar Sutherland soltándole a la señorita Browning que es una “pécora”!

Y así, plano a plano, secuencia a secuencia, saborearemos la inmensa capacidad que tiene Kit Harington para ocultar que es actor. Alcanzaremos goce extremo intentando averiguar si Emily Browning sirve para ser la florista de la esquina, o la que diariamente nos vende el pan. Porque de una cosa los espectadores pueden estar seguros y respirar tranquilos: no tiene agallas suficientes para ser pescadera. Y de actriz... ¡Y que asombrosa maravilla es que Kiefer Sutherland, Carrie-Ann Moss y Jared Harris, sean capaces de olvidar lo buenos actores que son y ponerse a hacer el tonto!

Si encima de tanta maravilla hay que aguantar que los pedruscos y cohetes se salgan de pantalla y se te claven en la cresta… ¿Qué más pedir?

El espectador sano no quiere más, piensa el señor Paul W. S. Anderson. Y quizás tenga razón. En los tiempos que corren la banalidad es reina y los espectadores agradecen que se les ofrezca. Yo, que además de banal soy inculto y muy tímido, no me atreví a pedir socorro cuando sentí que agua y lava llegaban a mi cintura.

Vicente Parra Fenollar

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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